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Mi chichí María Magdalena Tax Dzul, octubre 1982
Fue mi segundo encuentro con este bello lugar, Hecelchakán (sabana del descanso) a mis once años, aunque anteriormente por allá del año 1976, en el primer viaje, aún no lo sabía. Ni siquiera pensé que, como en ese entonces, estaría por vivir una vida entera en este lugar.
“Pajarito” fue el único tricicletero que andaba por el centro de la Plaza del pueblo, huaraches de cuero, pantalón de manta y sombrero de paja, el cual se quitó para secarse el sudor. Era divertido el personaje con su cabello “soso´gpol” (cabello revuelto, despeinado). Acabamos de bajar del autobús que nos trajo, a mi madrastra, a mi hermana y a mí desde el Estado de Tabasco. Bastó preguntar por don Felipe Canul y María Tax para que con alegría nos invitara a subir a su triciclo azul para llevarnos a ese lugar por la estación del tren sobre la calle 19. El sol, por todo lo alto, indicaba que era pasada aproximadamente la una de la tarde y caía a plomo. Había llovido. El agua aún mojaba las calles de la avenida 20 cuando iniciamos el trayecto. Se respiraba en el ambiente el olor de tierra recién mojada, tierra cancap (roja tipo de barro). El croar de los sapos y ranas que se apartaban de las llantas de ese vehículo como sorprendidas por la imprudencia de molestarlas en su hábitat. Habíamos recorrido apenas unos trescientos metros –justamente pasando las líneas del ferrocarril FERRONALES que con su silbido característico anunciaba su paso por la población exactamente las dos de la tarde, cuando el suelo se hizo fangoso: había acabado el trecho de camino petrolizado e iniciaba la parte solo de tierra y, con la lluvia justamente se volvió lodoso.
-¿Epale pajarito a donde llevas a esos huachitos (fuereños o visitantes) con tu triciclo lleno de lodo? Preguntó don Arsenio Damián dueño del único molino del barrio que justamente estaba ubicado en el final de la calle petrolizada.
-A casa de María Tax la que vende pozole (masa que resulta de moler maíz cocido y que se toma solo batido con agua y un pedazo de chile habanero y sal). -¿Será que pases, con tanto lodo embarrado en las llantas de tu triciclo? -Seguro que sí paso.
Fuimos, pues, recorriendo las calles mojadas. Estirábamos las manos mi hermanita y yo queriendo atrapar las mariposas multicolores que pasaban a nuestro lado y las libélulas que batían sus poderosas alas semejando las aspas de los helicópteros de surcaban los cielos. Las albarradas (bardas hechas de piedras de distintos tamaños solo encimadas unas sobre otras que delimitaban los terrenos de las personas) lucían esplendorosas embarradas en agua de cal recién pintadas. Los perros ladraban al paso del triciclo de pajarito y éste, apretando de singular manera los labios, producía un ruido característico de la gente del poblado parecido a besos repetidos en el aire para espantarlos.
Yo iba emocionado porque, según supe, se trataba solo de una visita relámpago a la casa de los abuelos, a los cuales hacia 6 años no veíamos otra vez. Hice mis cálculos y pensé en volver a irme hasta el fondo del solar (terreno) que ocupaba la casa. Volver a hacer muñecos de lodo y ponerlos a secar en el sol para jugar a las escondidas o solo ponerlos en la albarrada y derribarlos con frutos del gigante almendro que reposaba al final del terreno.
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Chac ni (nariz roja), el perro de mis abuelos Salió a recibirnos, ladre y ladre arrojando espuma por el hocico y mostrándonos esos largos dientes amarillos y gruñendo como poseído.
-Buenas, buenas doña María… -grito pajarito. Aquí llegaron sus familiares.
-¿Whas shi (qué es) quiénes son?
-Suegra soy yo Gloria, con mi hija Ada y Alejandro nos mandó Canul (apellido de mi padre que significa en maya Canul (kanul) Guardián o protector de los montes, animales y hombres, quizás por eso los adoro tanto como me enseñó mi madre que se adelantó en el camino a la Casa del Padre Azul). Estaba mi chichi (abuela) o mamá grande como dicen mis primos, asomando a la cocina, una casita de huano de forma redonda hecha de palos de apenas unos dos o tres metros de diámetro. Sostenía en la mano una tortilla gruesa (pí) llamada así porque en esas fechas, fin de octubre e inicio de noviembre, se acostumbra elaborar con frijol tierno (xpelón) y se ofrece como ofrenda en los altares para las ánimas fieles de los difuntos. Mi chichí es una mujer grande, mestiza, ataviada con el tradicional huipil (tipo vestido de una pieza de manta blanca adornado con bordados de animalitos o flores de colores al rededor del cuello y de la parte de abajo. Extrañada se encamina hacia nosotros, me mira, sonríe (qué profunda emoción me causó y aún en el recuerdo de hace muchos años ver su rostro femenino tan familiar que nunca he apartado de mi corazón). Nos invita a pasar a la cocina donde ella y mi abuelo Felipe están degustando el sabroso pí acompañado con una salsa picosa de chile habanero con cebolla picada y jugo de naranja agria.
Mientras como… ellos hablan. Mi abuelita me acaricia el cabello. Me da un besito en la mejilla y me ofrece una tacita de agua. Mi abuelo se levanta molesto (lo supe porque se apartó de ahí profirendo palabras en voz muy alta en su idioma maya que yo no atine a comprender) y se dirige a la casa grande (llamada así porque es donde se duerme) distante unos veinte metros de ahí y se tumba en una hamaca con hilos de sosquil (hilo de henequén). Un pedazo de pí resbala de mi plato y cae al suelo donde presuroso chac ni se lo embute. Aprovecho para hacerlo mi amigo. Lo acaricio. Tímidamente se deja caer a mis pies seguramente esperando se me caiga un nuevo pedazo de tortilla.
Mi madrastra se levanta. Se dirige hacia mí y me dice que irá a la tienda a comprar pañales para mi hermanita Ada, que no tardará mucho y mientras que yo desempacara la mochila con mi ropa. La miré. Esquivó mi mirada. Mi hermanita pide mis brazos.. La cargo. Acaricio sus cachetitos inflados y me abraza el rededor del cuello. Se van.
Esperé toda la tarde y toda la noche. Comprendí… me dolió el corazón… Bajo de mí acostado a mis pies estaba chac ní el cual levantó su cabecita y me miró con esa mirada triste que tienen los perritos. Un millón de lágrimas escaparon en silencio de mis ojos y resbalaron por mis mejillas enchumbando el pelaje de mi amigo el cual, desde entonces jamás se apartó de mí. Ellos jamás nunca volvieron por mí..
Mi nueva lucha lejos de ti hermanita….
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